¡Qué cariño estoy cogiendo a los aeropuertos! Al volver de Madrid a Dublín, un vuelo de dos horas y media de duración tuvo un ligero retraso de 7 horas. Tras todo ese tiempo, ahora tengo mono y me planteo volver al aeropuerto a pasar parte del finde.
Mi vuelo salía a las 18.30h del jueves, así que ahí estaba yo a las 16.30h en la cola de facturación. Los mostradores abrieron a eso de las 17.00h o más tarde. Antes de abrir los mostradores había una cola que se transformó en dos tras su apertura. Por supuesto, la segunda fila se formó en ese momento con gente recién llegada al aeropuerto.
Mis padres me acompañaron al aeropuerto para despedirse allí de mí y ellos estaban más mosqueados que yo. La verdad es que yo, más que mosqueado, estaba cansado. Mi madre iba y venía de la cola a los mostradores. Y en eso llegaron las 18.00h y yo seguía en la cola de facturación.
Aquí volvió mi madre una vez más de los mostradores y sin más explicación, me dice: “Sígueme”. Inexplicablemente le hice caso. ¿Sería por la cantidad de argumentos recibidos? ¿Por la seguridad del “Sígueme” aunque se podía suponer que no había nada en que basar tal seguridad? Así que le seguí y me dijo: “Ponte ahí que tú eres el siguiente”. Aquí es donde empecé a arrepentirme de hacerle caso. ¿Cómo es posible que le haga caso sin pensar, como si yo tuviera dos años?
Por lo visto, mi madre consiguió desbordar al supervisor del personal de facturación de RyanAir dándole la brasa con que, dada la mala organización, estaba facturando gente que había llegado mucho después que yo (la segunda fila formada al abrir los mostradores). Pero el supervisor cedió sin saber que luego tendría que pegarse con un montón de personas en lugar de con mi madre únicamente.
Y cuando me salí de la cola, algunos que estaban detrás de mí en ella, me siguieron. Así que de repente me encontré en mitad de un chaparrón, sin explicarme cómo puedo dejarme meter en estos líos sin rechistar.
Así que no me quedó otra que hacerme el tonto, magnífica actuación por cierto, y facturar mientras, a unos metros, oía quejas que eran contestadas por mi madre con un invariable “Facturamos ahora porque me lo ha dicho este señor. Hablen con él”. Bochornazo. Y no sólo eso. Yo pensaba que iba a salir calentito de ahí.
Facturé, incluso cuando por la hora la facturación debía estar cerrada, y me largué de ahí mirando al suelo y dejando que el resto se pegaran entre ellos. Me despedí de mis padres y me fui a pasar el control de seguridad.
Una vez dentro de la zona de embarque, el vuelo tenía ya un retraso de 5 horas, así que me fui al punto de información a preguntar. La respuesta fue que el vuelo tenía retraso de 5 horas, que la puerta del embarque era tal (por supuesto al final de la terminal, para que no montásemos un lío en medio de todo el mundo) y que esperara allí a uno de RyanAir que iba para allá a dar explicaciones y a repartir unos cupones para tomar un sándwich y un refresco. Encontré al payo de RyanAir una hora y media y cuatro visitas al punto de información después de esto.
En la espera, el vuelo se retrasó otra hora más, y alguien decidió largarse, así que cuando nos contaron dentro del avión, no salían las cuentas, y tuvieron que encontrar a quién faltaba para sacar su equipaje del avión por “motivos de seguridad”. Otra hora más esperando dentro del avión.
Finalmente despegamos a la 1.30h del viernes. Y cuando se despega de noche, el procedimiento de vuelo indica que deben apagarse las luces de la cabina. Los motivos son obvios. Primero, para no deslumbrar al piloto. Y segundo, para no ser una verbena volante llena de luces que despierte a los vecinos del aeropuerto.
Y una vez que el avión despega y coge altura, las vuelven a encender. Pero como son unos cachondos, aprovechan el rato de penumbra para cambiar las bombillas de la cabina por unas con el triple de potencia, de forma que cuando la luz vuelve, en el rato en el que te habitúas a la nueva luz, no sabes si has despegado, si estás en el cielo con los angelitos o en un anuncio de Ariel con todo blanco – blanquísimo.
Llegué a las 3h del viernes, recogí el equipaje y un taxi hasta el zulo.
Al llegar a casa, comprobé que los tiradores de la cremallera de la maleta habían sido partidos y el candado había desparecido. Así que ahora tengo una maleta muy incómoda de abrir y cerrar e imposible de cerrar con un candado.
Conclusión: Retraso de 7 horas, pago de un taxi para ir a casa y equipaje dañado.
En el aeropuerto de Madrid puse una reclamación. Y en el de Dublín quise ponerla pero en el mostrador de RyanAir sólo había una chica que la única cosa que hacía era dar pequeños papeles con la dirección postal y el fax de Atención al Cliente de RyanAir.
Así que el viernes escribí una carta de queja a RyanAir con todo y se la mandé por la tarde, adjuntando copia de la tarjeta de embarque, copia de la reclamación puesta en Madrid y foto del daño ocasionado a la maleta.
¿Tendré algún tipo de premio o se reirán de mí otra vez? Me da que ambas opciones tienen las mismas posibilidades.